Cortó cebollas y lloró, deyabú pensó, tengo otra esperanza.

Estaba emocionada porque una vez más, la vida le daba una oportunidad de amar.

El es apuesto, educado y cálido, quiere esperarlo con su mejor receta y quiere estar espléndida esta noche.

Dos hermosas copas de cristal aguardan solitarias en la mesa.

El aire tiene aroma a rico, y una tenue luz envuelve la mesa, mantel de hilo fino, dos individuales muy particulares y un centro de mesa que jamás soñó.

El aún no llegaría, tenía tiempo de terminar de batir la crema y se saboreaba el dedo índice como si a el lo estuviese probando por única vez.

Cerró los ojos con fuerza, y pensó que le había robado el corazón,  y ahora estaba muy apurada para disfrutarlo. Tengo que calmarme se dijo una vez mas.

Corrió al baño, se dio una deliciosa ducha tibia, se puso un poquito de perfume y se maquilló.

En su cuarto había preparado como ingredientes cada detalle de lo que iría a vestir, todo estaba perfectamente dispuesto en su amplio somier para deleitar la vista, un buen escote, que muestra lo necesario, cálidos tonos y una pollera que resaltaría maravillosamente sus caderas, afinaba su cintura, y casi nada de accesorios, solo un hermoso anillo que ella eligió para esa ocasión.

Los minutos pasaron y un exquisito menú, esperaba en el horno, mientras que en la heladera, un vino blanco esperaba ser liberado.

Se sentía segura y no podía dejar de sonreír mientras una lágrima corría su maquillaje, estaba agradecida.

Suena el timbre, el está ahí con un ramo de rosas y un vino especial en la mano.

El beso fue eterno, y el aroma a esa mujer y a un buen menú lo envolvían maravillosamente, ella pudo tranquilizarse cuando notó su entrega. Se serró la puerta y se abrió el corazón.

María Cristina Hernández.

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